Erocéntrica, 9º puesto en el B.A.NG Festival de Videoarte de BCN

diseño flyer: pilar cebrián

Erocéntrica



Erocéntrica Proyecto Multimedia de Poesía Activa nace del poemario Erocéntrica Poesía Inconsecuente, escrito entre Lima y Madrid, y de próxima publicación en La Habana. En sus textos están inspirados éste y los videopoemas Inconsecuencias y ¿Cuál crisis?, producidos entre 2008 y 2009 en Lima y La Habana. El proyecto comprende también presentaciones y lecturas performáticas y musicalizadas en vivo ejecutadas por la autora en colaboración con otros artistas en distintos eventos realizados en las tres ciudades donde Rocío Santillana desarrolla su actividad en los últimos años. La banda sonora de este videopoema performático ha sido generosamente cedida por su compositora e intérprete, la británica Sue Herrod.

¿Cuál crisis?


voy a hacer a los 40
lo que no me atreví a los 20
sin pedir carnet de identidad a ninguno de los 60



Por cuestiones de derechos, la versión colgada en youtube no contiene
la pista de audio ni el montaje musical originales.

Mi otra lengua

¿Videoarte. Videodanza. Videoclip?
Compruébalo en


un jazz-changüí compuesto e interpretado por la joya del jazz cubano Yasek Manzano
una coreografía de Lisset Galego, de la Compañía de Danza Teatro Retazos en La Habana Vieja
una idea de Rocío Santillana


El árbol y el pintor - Novela - Capítulo 1

La semilla amarga

El ala ancha de fieltro que cubría los ojos de Pascual era la única sombra en la estación de Altamira. El chasquido rítmico del tabaco en contacto con sus labios, el único ruido. Su caballo había dejado de resoplar en su afán de mantener, inmóvil, el porte erguido y digno del jinete, que adormecía su impaciencia mirando las vías del tren derretirse al fuego lento y constante del sol. El traje de lino recién planchado que lucía Pascual y la flor de su solapa hacían esfuerzos por no sucumbir al calor del mediodía arrugándose, marchitándose. La prometida venía de muy lejos y había que causarle la mejor impresión.

El esperado silbido rompió, al fin, la calma tensa al tiempo que uno de los peones de Pascual señalaba el tren. El vapor se arremolinó de tal forma al ser expulsado por la chimenea y el chirrido de las ruedas de hierro fue tan ensordecedor, que el caballo perdió la compostura. Pascual retomó el control de las riendas, pero no el de su corazón. El tren se detuvo ante él produciendo de nuevo un silencio que amenazaba con delatar sus latidos empapados de inquietud. Pasado un instante, que Pascual vivió como eterno, unos pies diminutos calzados con zapatillas de raso pisaron la escalerilla del vagón. Eran los de Avelina. El novio se apresuró a brindarle el brazo a su prometida para ayudarla a bajar. Al hacerlo provocó por accidente que el chal que vestía se deslizara descubriendo uno de sus hombros.

Antes de que Pascual osara poner su mirada sobre él, la madre de Avelina, que bajaba a su lado, tapó el hombro con rapidez. Y fue esta mujer mestiza de mirada humilde pero digna la primera que habló, atinando a presentarse. “Doña Celia para servirle a usted”. Los novios se escrutaron mutuamente comunicándose sin palabras, pensando cosas que no dijeron, diciendo a medias lo que sintieron. La amplia sonrisa estampada en la cara de Pascual como el mismo sol radiante que la iluminaba denotó aprobación. Su corazón pudo hincharse satisfecho, orgulloso y relajado ante la belleza de Avelina, su cabello lacio y su piel clara. Tal fue su emoción, que Pascual no pudo interpretar la decepción que él, en cambio, acababa de producir en la que estaba a punto de convertirse en su esposa. Sólo achacó el tibio recibimiento a la timidez y moderación que correspondía a una joven decente. Pero se equivocó. Ni su apostura varonil, ni siquiera su piel tan blanca como la de Avelina, ni su pelo fino, ni la flor que le entregó a su novia con algo de brusquedad, podían convertirlo en el príncipe azul que ella había imaginado. Avelina nunca conoció a la abuela materna de Pascual, pero jamás le perdonaría tampoco que un día trajera de Africa sus gruesas facciones manchando la estirpe española de su prometido. Doña Celia sintió una gran tristeza por su futuro yerno, por su propia hija, y quién sabe si hasta por sí misma, recordándose ante el hombre, que quizá tampoco eligió y con el que debía compartir su vida hasta que la muerte los separara.

Dos varones decidieron la unión entre Pascual y Avelina. Dos varones y la inercia implacable del matrimonio entendido como negocio familiar, eso sí, bendecido por Dios y bajo juramento de amor eterno. Dos varones que se conocieron en la común de Lajas tratando al por mayor con habichuelas y que terminaron negociando al detalle con los destinos de la hija de uno y el hijastro del otro. Y, como todo negocio entre varones, aquél se había cerrado brindando, esta vez por una feliz coincidencia: “¡Salud, compadre, por el pueblo castellano que nos vio nacer!”.

El padre de Avelina, un pequeño hacendado del Cibao, y el patrón de Pascual, que había criado al joven como a un hijo mientras éste atendía su próspero comercio de abarrotes, murieron sin poder ver consumado su trato. Con sus respectivos bienes, Avelina y Pascual heredaron también el compromiso que empeñaría sus vidas en el monte de piedad de los casamientos concertados. Y para eso acompañaba la madre a la novia, para garantizar la voluntad de su difunto.

Cuando Pascual ciñó la cintura de Avelina ayudándola a sentarse sobre el panó de la mula que la llevaría al pueblo, la prometida supo que no había vuelta atrás. Entonces ella misma espoleó al animal con uno de sus piececitos de raso ya enganchados al estribo. “Lo que tenga que ser, que sea cuanto antes”. Pero el camino fue largo, interminable, y agotador. Pascual cabalgaba al paso junto a Avelina y doña Celia bregaba con su mula acompañada por un peón de confianza a caballo. Las horas del viaje transcurrieron en silencio por sendas escabrosas y empinadas. Las patas de las acémilas sorteaban pedruscos, resbalando constantemente por culpa del barro que se les iba pegando. Camino era demasiada palabra para designar esos surcos formados como desaguaderos por las copiosas lluvias que caían montaña abajo.

Los animales bufaban entre sí, lamentándose del desgaste que la travesía provocaba en sus huesos. Pascual y Avelina transitaban penosamente aquellos cauces secos entre los guijarros de sus monólogos. Ella, temerosa y resignada, miraba de reojo a ese hombre que le sonreía con un nerviosismo complaciente e inseguro. Sólo la madre podía adivinar lo que esa joven y ese muchacho iban pensando.

Pascual temía no saber tratar de forma adecuada a aquella señorita de ciudad, ignorando que ella apenas sabía leer y escribir. Avelina tomaba por bruto a ese hombre nada agraciado, desconociendo que era uno de los pocos letrados de la zona, junto al cura y al juez civil. Pero con el primer sorbo de agua fresca que Avelina recibió agradecida de manos de manos de aquel hombre, en Pascual nació un atisbo de esperanza. Se confortó imaginándose después del trabajo, llegando a casa agotado, besando esa boca que ahora veía beber del higüero, sentándose a la mesa con la comida caliente servida. Así el camino se le hizo más llevadero. Avelina, en cambio, quedó absorta en esas manos descuidadas y toscas que a partir de esa misma noche tocarían su cuerpo todas las noches de su vida. Doña Celia miró a su hija y supo que estaba rogándole a Dios que esas manos fueran suaves y delicadas con ella, y que tuvieran la experiencia que a las mujeres les estaba prohibida y que a todo hombre se le suponía antes de llegar al lecho nupcial.

El colorido que engalanaba el pueblo, al que por fin habían llegado, sacó a los novios de sus pensamientos. Vestidos con sus mejores atuendos, familia y vecindario recibieron a la comitiva, que se detuvo ante una digna casa adornada con gracia. “Mírala bien, Avelina, aquí es donde me vas a preparar mis buenos sancochos” El pueblo enteró rió la gracia de Pascual mientras la novia buscó la complicidad de doña Celia, que rió también, provocando la sonrisa aprobatoria de la novia. Al verla, satisfecho, Pascual ordenó unos refrigerios y un merecido descanso antes del banquete de esa noche, que sería amenizado con un perico ripiao. Avelina siguió la dirección de la mirada de su madre, observó la casita que prometía algunas comodidades y decidió que ningún dolor de nalgas a lomos de una mula estropearía el día más feliz de su vida. Apenas tuvo tiempo de compartir su ilusión con su madre, cuando una mujer bajita y rechoncha la agarró de la mano y la entró sin miramientos a la casa, desplazando a la figura enjuta y pacífica de doña Celia.

Bárbara era, sin duda, la mujer más respetada del pueblo. Curandera, comadrona, monaguilla en funciones y hasta hechicera cuando nadie la veía, participaba de forma activa en los momentos más importantes de las sencillas existencias que conformaban la comunidad. A cambio, recibía la voluntad que, cuando era generosa le alcanzaba para mantener fértil un pedacito de tierra en el que cultivaba auyamas y criaba gallinas y un cerdo que con su boca insaciable y poco exigente le servía de zafacón. Habían pasado muchas lunas desde que enviudara y quedara con un hijo, en precaria situación económica. Fue entonces cuando empezó a poner en práctica las enseñanzas de su madre, de la que heredó el conocimiento medicinal de yerbas y plantas. De su abuela aprendió la liturgia de los servicios rPascualsos, y se convirtió en compañera eficaz del cura de la parroquia. Su especialidad era tanto traer criaturas sanas a este mundo, como despedir sin dolor a quienes lo abandonaban.

Aquella noche a Bárbara le correspondía vigilar a la novia, impedir que mirara de frente a ningún hombre durante toda la fiesta, librándola así de cualquier intención pecaminosa, incluso si provenía de su futuro marido. La novia debía ser tratada como un delicado tesoro, que no podía perder su virtud y, por tanto, su valor en el camino en que era transferida de la custodia del padre (su sucedáneo femenino, Doña Celia) a la del marido. Y Pascual debía esperar con paciencia el momento en el que su preciado botín le fuera entregado oficialmente en el altar.

A la mañana siguiente la capilla que los feligreses habían construido en unos terrenos cedidos por el patrón lucía esplendorosa, adornada con flores blancas y ramas de palma para la ocasión. La presencia del cura que oficiaría la boda desató el fervor del vecindario, que desfilaba para besar el anillo de tamaño personaje de las fuerzas vivas del pueblo. El barullo llegó a la ventana de la casa donde Bárbara y doña Celia terminaban de vestir a la novia con el traje brocado que la segunda había subido al altar muchos años atrás. Avelina se miró por última vez en el espejo, despidiéndose de su rostro de señorita y frustró un suspiro dentro de la jaula nacarada de su vestido, que apenas le permitía respirar.

Cuando aquella novia entró a la capilla del brazo de doña Celia, alguien exclamó: “¡Jesús, María y José, si parece la Purísima Virgen!” Pascual olvidó, todos a la vez, los noventa minutos que había aguardado a su prometida en la iglesia, y empezó a descontar los que le faltarían para desabrochar, uno a uno, todos los botoncitos del vestido de seda bordada con hilos de plata y oro que cubrían la espalda de la hermosa mujer que para entonces ya sería suya. Bárbara hizo sonar las campanillas y el cura bendijo en latín la unión de esa muchacha y ese joven que tan poco se conocían, pero que tanto creían en el amor eterno que se juraron.

Aquel día de febrero de 1920 fue propicio para Pascual, que había entregado lo mejor de sí en aquella celebración nupcial. Quién sabe si lo fue también para Avelina, que en el lecho de bodas se le entregaría toda a Pascual al caer la noche y los botones de su vestido. Pero de eso no se enteraría nadie, porque en esa época el placer y el temor del matrimonio se vivían en el silencio y la complicidad de las cuatro paredes del aposento. Sólo doña Celia lo intuiría, y por eso se quedó dormida rogándole a Dios por la felicidad de su hija.

La dicha llegó a casa de Pascual y Avelina nueve meses después, cogida de los deditos de una mano sana, diminuta y, lo más importante, blanca. Bárbara había garantizado los cuidados especiales que Avelina y su bebé requerían para llegar a un alumbramiento feliz. Retiró de su dieta la albúmina, el azúcar y la sal. La hizo caminar todos los días. Le prohibió levantar peso y la obligó a dormir hecha un ovillo para que se identificara con la criatura que estaba a punto de nacer.

Avelina rompió fuente al tiempo que el país entero destapaba sus botellas de ron para despedir el año. Bárbara había convertido la habitación en una maternidad y había botado de la casa a todos los hombres para darle la bienvenida a Tomás Ramón con un buen par de nalgadas. “¡Es un varón!”, exclamó doña Celia. “¡Es blanco!”, celebró su hija. “¡Feliz Año Nuevo!”, irrumpió Pascual a las 12 en punto, con demasiados grados de alcohol nublándole la razón.

Cuarenta días de riesgo, reposo absoluto, frutas, vegetales verdes, caldo espeso de gallina criolla y leche de vaca recién parida recetó Bárbara a Avelina. La primeriza cumplió su régimen devotamente. Un milagro como aquel niño no podía sufrir ni un resfrío que dañara lo más mínimo su blanca perfección. Durante esa larga cuarentena desfilaron por la cuna de Tomás Ramón decenas de familiares y amistades ofrendándole regalos, queso de hoja, café, y quién sabe si hasta incienso y mirra. Aquella casa parecía un belén viviente y Avelina y Pascual se sentían los mismísimos María y San José. Alguien llegó a decir, incluso, que a esa criatura celestial de pelo rubio y ojos claros debían cambiarle el nombre y llamarlo Jesús.

Qué distinta fue la llegada al mundo del segundo hijo del matrimonio. Ni siquiera los carnavales mitigaron la tragedia que se vivió en casa de Pascual Cuervo y Avelina Guillén el 25 de febrero de 1922, cuando Emilio vino a parar a un globo terráqueo infinitamente más hostil que el plácido planeta acuático de la placenta materna.

Pachamanca Dembow - Cuento -

Ven acá, mulato, ya yo sé que eres el mango más chupeteao de La Habana, el papirriqui más escapao, el guapo que vino acabando con su riquimbili pa darme gozadera y vianda. Pero tu yuca pasó, deja ya esa vaina, pasaron tu guarapo y tu malanga. Ahora mismo agarro un avión y me voy, que me está provocando pachamanca dembow.

Y vuelo y llego, aterrizo y sin chascar un dedo tengo un papacito, un cuero, un limeñito con gomina en el pelo, un rumbero ricotón que al verme bailando le tembló la mano y estrelló su trago en el suelo de la impresión, un morocho macetón que me confesó Oe, flaca, me marcaste, me tumbaste, me tienes apaleao, hasta las patas. He llegao y esta misma noche tengo un timbalero arrebatao que sale a la pista disparao a chancar landó y guaguancó con su zapatón.

Tengo un chibolo zanahoria que no mata ni una mosca, pero camuflao, un tigre sin rayas que maúlla miau, o tal vez es un maliante, un achorao, huachafo atorrante, chelero resaquiao, bandolero y pacharaco, pero bien fashion. Y qué, wey, sister, bro, yo solo quiero su pantalón reventao pa bailar pegao, desgarrao por los arañazos que le voy a dar yo, y a la cadera su cinturón pirateao con una hebillaza bien grandaza pa jalármelo cuando lo pida la canción, o lo mande yo. Nomás me interesa ese botón desabrochao que me lleva de cabeza a la vía expresa de su callejón, al zanjón entre el borde de su forrito de algodón y el bosque de sus vellitos, ese espacio angosto y tibio donde perder mi dedito y pescar su submarino.

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Rocío Santillana lee. Alfonso Gamboa, al cajón peruano.

Inconsecuencias

Videopoema realizado por Karen Bernedo con el poema
"Inconsecuencias" de Rocío Santillana


Plaqueta MAGDALA. Literatura escrita por mujeres - Poemas -

Extracto de "Mi otra lengua confiesa" primera parte del poemario "Mi otra lengua" publicado en mayo del 2008 en las plaquetas Magdala, proyecto dirigido por Esther Castañeda y Elizabeth Toguchi. Lima. Perú.


"El erotismo es una de las bases
del conocimiento de uno/a mismo/a,
tan indispensable como la poesía."
Anais Nin












9
¿Me lo imagino
o el humo que enmudece tus labios se cuela desde el otro lado de la cerradura?
Atravesándome


11
ésta será la única vez en que compartamos mesa
así que voy a ondular un mantel bajo tus erres
para que enrosques la servilleta de tu lengua
en el bucle de mi o.


2
en tu boca sumerjo
una perla rodeada de peces
que burbujean mi acuario

muerden mi anzuelo
beben el almíbar
de mi otra lengua

bancos de atunes, delfines y tiburones
existen
para complacerme


5. Rubén y Yusa

cerezas las cuentas de tu pulso que desprenden,
como si desnudaras mi pecho, hojas de papel
ropa invisible que teñimos de azul.

en una esquina de 21 y F
nuestras bocas se muerden, se vuelven aceitunas
y un polizón enhebra con un pelo de elefante la distancia hasta la costa
de una ciudad sin mar.
la habana no es un buen lugar para esconderse.

Famélica - relato -


de un portazo
cierro mi casa
salgo disparada
un condón entre mis dientes
mordientes
.
voy rasgando el plástico
escupiendo los trocitos
como pulgarcito por la acera
por la carretera
por las once cuadras
que me separan de tu esqueleto con pellejo
tu cuerpo guapo
de gato flaco.
voy enterrando las plataformas de mis botas tornasoladas
trituro
un cigarro
ahogado a medio aspirar
pateo una lata
que vomita espuma de su alma de metal.


voy a buscarte
preso y enclaustrado
a liberarte de tu penal
voy para allá
me aviento, te lo advierto
y te quiero despierto cuando llegue
y dispuesto
a las seis de la tarde, las tres de la mañana, a las cero, las veinticuatro
las cuatrocientas.
voy a botar a un contenedor
tu maldito reloj
quiero entero

mi orgasmo múltiple y salvaje
que va a durar todos los siglos
desde ya en adelante
amén
quién
dijo diez horas
para dormir
ocho para trabajar por una ramita de perejil
si voy a morir
me quiero extinguir
sudando, lamiendo, besando, follando, clitoriando
a cien no
a mil
contigo, mejor.
dos cuadras para tu casa
jadeo
no porque vaya corriendo
es que chorreo ya de pensar
lo que va a pasar
.

(Fragmento)


Luchar como el Ché. Guapear como Kaká

- Cuento -


Cuento y fotografía de Rocío Santillana


Una gota salada resbaló por la frente de Charleston y se evaporó al contacto con el óxido caliente del manillar de su bicitaxi, cruzando antes su boca reseca. ¡Pinga, si hubiera sido una gotica de Mayabe bien fría! U-na-pe-da-la-da-más... vamos, que el ejercicio me pone papi y ya falta poco... sí, poco para morir subiendo la cuesta consumido por el sofocón y por este dolor que un día me va a dejar impotente, estéril y con cáncer de próstata. ¡Cojones! A duras penas Charleston llegó a la cima, donde una pareja de turistas enrojecidos por el sol alzó la mano pidiendo sus servicios. Una carrera al menos, que alcance en mi casa para el plato fuerte de hoy. Pero a pocos pasos de las resplandecientes Nike de los yumas el cordón de la zapatilla rota de Charleston se enredó en el pedal y ésta se soltó de su pie y rodó Rampa abajo. Brincando como los muñecones de carnaval, la zapatilla se precipitó arrollando las esperanzas de Charleston hasta chocar contra el malecón, allá al fondo, después de que un taxi oficial la aplastara y terminara de romper. ¡Pinga, cojones! No, si yo sé que soy un tipo sin suerte. Charleston vio cómo una ola del Atlántico, que él tantas veces había soñado cruzar, rebasó el malecón y empapó su zapatilla. Charleston encogió bruscamente el pie al sentir el asfalto quemándole la planta desnuda. Y cuando volteó para tratar de excusarse con los turistas en un inglés que sólo él mismo era capaz de entender, estos ya trepaban a un cocotaxi amarillo. La fruta ésa motorizada los llevaría a la Bodeguita más rápido que el bici oxidado de Charleston, que él ya no podía ni pedalear, y que además era mucho más tropical. El conductor del coco, un mulato tan flaco como Charleston pero con mucha guapería como que santiaguera, ni lo miró. Se limitó a truquear su taxímetro y se llevó a los yumas cobijados a la sombra del techito del cocotaxi mientras que señalaban el parasol rasgado del bici. ¡Pinga, viejo, seguro que eres palestino! Instintivamente Charleston buscó un cigarro en un bolsillo de su pantalón azul, unos bermudas percudidos que usaba igual para trabajar en el bici, que para jugar pelota en cualquier calle desierta de Centro Habana, para bañarse y de paso pescar langostas en Bacuranao, para vender esas langostas a la paladar ilegal de la esquina, pasando antes por la policía para dejar una coima y percudiendo así aún más su pantaloncito, que usaba para todo, menos para ir a la universidad o a la discoteca. Eso no, porque una cosa es ser como el Che y otra no querer vestir como Kaká. Una cosa es querer y otra, claro, poder. Y eso… asere, no es fácil. Charleston comprobó que no le quedaba ni un Popular ni dinero para comprárselo. Lo único que encontró fue la imagen de un chiquillo desolado en las lunas tintadas de un Mercedes blanco nieve que subió La Rampa chillando goma y se paró frente a él. Charleston vio la mugre de su pantalón, el sudor de su pecho sin camiseta, su pie descalzo, su mala suerte incrustada como piojo en su pelo enroscado de jabao capirro. ¡Fiñe, menos mal que tu novia no te puede dejar, porque eres tan salao que ni tienes novia! El pensamiento se le interrumpió a Charleston cuando vio salir de aquella máquina imponente que hacía aún más desgraciadito su bicitaxi, a un prieto con pinta de miky, botas vaqueras punta pa’arriba, jeans D&G y camisa merengue de cuello alzado, como las que guapea el mismo Kaká. El negro olía a CK ONE, iba fumando un Marlboro Light y le tendió otro a Charleston. Qué bolá, Charleston, cierra esa quijada, que así no se puede fumar. ¡Ññññó, puro, de dónde tú sacaste esa clase de animal! Resolviendo, fiñe, como dicen Los Aldeanos, Copperfield al lado de un cubano es un simple aficionado. Charleston se arrebató dándole un beso en el cuello y un abrazo manoteado. ¡Deja esa bobería, hoy no estoy pa mariconadas de besuqueos, hoy ando bonitillo! Y alegra esa cara, miherma. ¡Qué va, muchacho, este día de pinga ni el Viejo Lázaro me lo arregla! Charleston aspiró su Marlboro con cara de yuma en pleno orgasmo. Aunque este humito ayuda, tenkiu, negro, pero estoy sin un kilo. No he levantado un yuma en tol día. Nada más que guajiros y encima he perdido mi zapatilla, se fue rodando Rampa abajo. ¡Esa zapatilla zarrapastrosa que acabo de ver en el malecón era tuya! Olvídate de ella. Es el único par que tengo, miherma y ahora cómo voy a trabajar en el bici. El prieto sacó su billetera y le plantó a Charleston 100 pesos convertibles en la mano. Toma, compay. ¡Ñññó, puro, tú sí estás escapao! Pa que te compres unas nike o unas punta parriba como las mías para guapear en la disco o en la universidad con las mikis que están very pritis. Charleston volvió a sobetear a su amigo, que se zafó de nuevo con chulería. Miherma, llévame al malecón a recoger mi zapatilla. Tú no te subes con esa mugre arriba de mi animal. Y pa qué tú quieres esa zapatilla. Ya tú sabes, Copperfield al lado de un cubano… La voy a arreglar y con tu guaniquiqui me compro las puntaparriba. El negro sonrió y subió a su Mercedes. Las lunas tintadas no lograron oscurecer la felicidad de Charleston, que pedaleó cuesta abajo con una sola pierna, sentado sobre su pie descalzo, fumando entre orgasmos yumas, en busca de su zapatilla rota. Hoy sí le iba a alcanzar para el plato fuerte del día y para una Mayabe bien helada.